La Cachilo – Biblioteca Popular

24 de marzo de 2007 / La Cachilo fertiliza la memoria

Posted on: marzo 28, 2007

“Algunas personas piensan que de las cosas malas y tristes es mejor olvidarse. Otras personas creemos que recordar es bueno; que hay cosas malas y tristes que no van a volver a suceder precisamente por eso, porque nos acordamos de ellas, porque no las echamos fuera de nuestra memoria”.

Graciela Montes
“El Golpe y los chicos”

Cuenta Eduardo Galeano que en la tradición indígena americana cuando el maestro alfarero va a dejar el oficio porque ya las manos le tiemblan y los ojos ven poco, entrega en una ceremonia su vasija mejor, su obra maestra, al alfarero joven que empieza. El aprendiz recibe esa vasija perfecta y la revienta contra el piso en mil pedacitos. Luego recoge los pequeños fragmentos y los incorpora a su propia arcilla. Ésa es la memoria viva; la que nos alimenta y nos prepara para continuar el camino.
Este mes de marzo renueva los dolores: libros y seres humanos desaparecidos, voces acalladas, quemadas en la hoguera. Pero, como los pedacitos de arcilla, todas esas voces están mezcladas entre nosotros y nos animan a seguir caminando o pedaleando, esperanzados, a no dejar caer las banderas, a recuperar los espacios públicos para decir, para hacer, para crear, para expresarnos.
Por eso, el 24 de marzo, la Biblioteca Cachilo se pobló de voces del barrio y de libros censurados y desaparecidos que no morirán jamás, porque ahora todos lo sabemos. Se pobló de niños y madres y padres y abuelos que disfrutaron de escuchar a los cuenteros narrarlos a viva voz. Los más chicos jugaron con los cubos en torre. Los más grandes pudieron tenerlos en sus manos, jugar con ellos, leerlos, olerlos, saborearlos… Pero, las voces no se quedaron allí, salieron al aire libre.

Libros que muerdan

En la novela “El fin de la historia”, la escritora argentina Liliana Heker relata un fragmento del diálogo entre un torturador y una prisionera:“Explíqueme si puede por qué todos leen. En todas las casas a donde entramos… -se interrumpe, con un gesto casi demente señala un lugar invisible, a su izquierda-. ¿Sabe lo que hay allí? Libros, miles de libros, se necesitaría un superhombre para clasificarlos, para descubrir qué les hicieron esos libros, por qué les ensuciaron la cabeza de esta manera. ¡Qué encontraron allí que les llevó a querer destruirnos la Patria!”
A través de estos personajes relata una de las tantas escenas que se han repetido en los años de dictadura Argentina, 1976-1983. Los torturadores, los que impregnados de violencia arrasaban con vidas, aquellos que se creían fuertes porque tenían el poder y lo usaban impunemente, temían a los libros y les echaban a ellos la culpa de todo. Y quemaron libros. Los apilaban en sitios alejados y los hacían arder, creyendo que con eso borrarían su contenido. Tenían miedo de leerlos y tenían miedo de que se leyeran y le atribuían así un poder a las letras que ellos no tenían, aún teniendo armas.
Durante la época del gobierno militar argentino, dentro del Ministerio de Educación había una “Comisión de Textos” que realizaba “listas de libros recomendados” y censuraba aquellos que consideraba peligrosos.
Por fortuna, el libro sobrevivió y no sólo ése. Hicieron de todo para exterminar la cultura; prohibieron los textos que hablaban de libertad, ingresaron armados hasta los dientes en muchas editoriales y las clausuraban, hicieron fogatas con las obras que consideraban peligrosas; quisieron aniquilar la creación; sin embargo no pudieron.

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Christian Ferrer escribe: “Los libros viven. Tienen corazón, cobran vida. Los libros disponen sus cubiertas ante el lector abriéndolas como fauces o dejan que sus páginas restallen con rápida risita socarrona… A veces los libros se derrumban solos de las bibliotecas, como si alguna bala perdida diera cuenta de su historia y así abandonan la trinchera donde, lomo con lomo, libran su guerra elocuente contra el olvido. Además, los libros suelen cambiar de lugar, o se esconden, o se pudren. Y amenazan a las paredes con sus hongos. En fin, los libros tienen un mundo propio y escasamente explorado, pero por el momento bastará con proponer que los libros, además ‘de morder’, también suelen ser mordidos por los lectores.”
Sin embargo un viejo proverbio dice que “Los libros no muerden”. Pero, ¿verdaderamente no muerden? Cuando un libro muerde ya no pueden manipular a ese lector. Cuando un libro muerde se comienza a pensar y eso es peligroso para los que creen que los libros no muerden. Cuando un libro muerde el miedo desaparece. ¿Por qué el miedo a que muerdan los libros? ¿Qué mejor que un libro te muerda?

Si querés leer más, podés acceder a los siguientes artículos:
“Un golpe a los libros”

“El golpe y los chicos”

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