Esta es una historia sencilla que tiene un comienzo muy simple. Tenía una gorra siempre puesta sobre su cabeza, mejor dicho, un sombrero, no, era un gorro de béisbol. No, tampoco, era un birrete “piluso”, azul para mas datos.
El señor de la gorra piluso, trabajaba en el correo como cartero. Era un cartero ciclista, de esos que reparten cartas en bicicleta. Cartas? Digamos, cosas que a la gente se le ocurre mandar por correo: propagandas, facturas, fichas de inscripción en cursos de enología, etc. Cartas, lo que se dice cartas, ya no llevaba…y menos de amor.
Este cartero ciclista, digamos, se llamaba Alberto. Alberto tenía dos hijos, mujer, un perro y un loro llamado santiago. (En realidad no sabia que era una lora, cuando se enteró decidió cambiarle el nombre y llamarla Santiaga)
Digo que el cartero ciclista yiraba por toda la ciudad entregando…algo parecido a las cartas. Alberto tiene unos treinta y cuantos años…pero hurgando en su niñez se acordaba cuando alguna vecina le mandaba poemas de amor en papeles decorados…(ya no vienen mas los papeles de cartas decoradas)
Entonces se sentía triste…se preguntaba…dónde escribe la gente ahora…y se contestaba: en internet, si, ya sabemos todos, esa maravilla de las comunicaciones que anda dando vueltas…pero como Alberto se movía en bicicleta, y era cartero, y difícilmente podía meterse en un cyber… se preguntaba adonde escribía la gente que ya no había mas cartas de amor como esas que solía recibir –y mandar- de niño.
Pasando por las calles tan seguido fue lo mas normal que se contestara: hay muchos que escriben en la computadora, pero algunos….escriben en la calle
Y pensaba a la ciudad como un gran libro sin terminar, en donde se escribiría ¿sola? –algún día- una buena historia de amor.
Entonces armaba su recorrido de acuerdo a como podía juntar esas frases para formar una idea, y después una historia, y otra idea, y no, mejor antes otra historia…la cuestión era hacer un mapa para contar, armar las frases y algún día tendría las dos cosas: un recorrido y una historia.
Sucedía que las paredes estaban escritas a medias…había que terminar de escribirlas…pero curiosamente, las calles estaban desiertas…(Los ‘90 habían pasado dejando su huella…)
Entonces se le ocurrió una idea: escribir, terminar de escribir, ¿o empezar de nuevo? Las botas habían borrado las palabras más coloridas, una mano de blanco, demasiado blanco después, y por supuesto amarillo. Y mucha, pero mucho agua, las había desgastado.
Y volvió a pensar, si, resulta que hoy son muchos los que escriben en la computadora…pero ¿quién escribe en la calle?
Y resolvió buscarlos, ese montón de escritores anónimos que no vemos, que circulan por la noche o en horas desiertas…y escriben, si, en las paredes, pero que escriben poesía para ser leída en bicicleta.
Jaquelina Milán